Él





¡Me mudé! Y como si una mudanza no fuera mucho me mudé dos veces en un mes, porque teníamos que dejar nuestro departamento, si no nos cobrarían una renta más. Lo más bello fue que en medio de toda la locura mi abuelo nos dio asilo, nos recibió en su casa durante 20 días .


Al principio tenía miedo de incomodarlo porque él suele ser muy independiente. Y es que no sólo llegamos a invadir su casa con nuestros muebles, cajas y maletas, sino que llegamos a invadir su vida con nuestros hábitos y compañía. Pero conforme pasaron los días nos adaptamos muy bien entre todos, diría yo que nos hicimos buenos roomies.


Los desayunos se volvieron nuestros momentos de convivir, específicamente los de los martes por el hecho de que ese día no circula su carro, así que nos vimos obligados a caminar hasta su restaurante favorito. 15 minutos de ida y 15 de vuelta caminando callados, pocas veces hablamos, he notado que a él le gusta el silencio.


Llevo años conociendo a mi abuelo, no digo cuánto porque me echaría de cabeza con mi edad, pero son muchos muchos, pero no fue sino hasta estos últimos meses que he podido conocerlo de una manera más profunda.


No sé si eso se deba a que conforme la vida avanza se siente más frágil, como si corriera más rápido, y eso en mí se ha traducido en una necesidad de apreciar al máximo cada momento y a cada persona y su esencia, como si quisiera robármelas para guardarlas para cuando ya no estén.


Mi abuelo es profundo, antojadizo, alegre, bromista, servicial, pensativo, observador, amigable, social, popular, es un hombre de convicciones con miles de experiencias y enseñanzas por compartir.


Nosotros lo invadimos por veinte días pero el amor de mi abuelo en esos días me ha invadido y marcado eternamente.


-Mai

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